Vegana en Monterrey

Hace algunos años te contaba cómo visitar el santuario Libres Al Fin, en Monterrey, me había cambiado enormemente. Quería hacer algo más impactante que escribir mis vivencias, traducir y publicar datos o imprimir panfletos con mi vieja impresora. Tenía más cabello y menos kilos. Más esperanza y menos cinismo. No olía tan mal al medio día.

Eventualmente terminé trabajando para una organización estadounidense. Tengo muchas cosas buenas que decir de esa experiencia y también de algunas personas que conocí ahí. Dicho eso, la vida es rara vez solo ventajas, claro que hubo claroscuros. Después de casi cuatro años acumulé dudas respecto a si las estrategias que se estaban siguiendo realmente iban a ayudar a los animales. Creo que eso no lo sabrán ni ellos ni yo hasta, bueno, verlas funcionar.

Y el enorme choque cultural. Nunca me acostumbre a que awesome significara eso está más o menos. O que I miss you, I can't wait to hang out with you! más bien fuera un te dedicaré una sonrisa incómoda si nos topamos en un pasillo. México es chingón. Sí, claro, tenemos a los asquerosos narcos y aquí en Monterrey hay bebés de cabra partidos a la mitad, exhibidos por todos lados. En eso somos tan malandros como en cualquier parte del mundo. Pero al menos me caes a toda madre o me cagas significan exactamente eso. 

Y nuestra fruta deliciosa, los elotes, las papas, los plátanos fritos y los camotes con piloncillo. 
En el centro de Monterrey me he encontrado con tacos al vapor, gorditas veganas de carne deshebrada, picadillo y chicharrón; unos tamales muy delgaditos con más guisado que masa ¡fue como ver a un unicornio! Y una empanada de cajeta que en verdad sabe a la que está hecha de secreción. Hay empalmes veganos, que son algo así como si hicieras un emparedado con dos sopes.

Pero extraño La Veganería. Extraño a mi hermano. Extraño esos días en que pensaba que quizás no necesitaba clima porque mi nuevo departamento tiene ventiladores. Extraño decirle aire acondicionado en vez de clima.  Extraño a mi perro, Pizza, a quien decidí, con mucho dolor, dejar bajo cuidado de mi ex, su otro humano. Compartíamos su custodia y bromeábamos con que uno u otro tenía deficiencia de perrito. Tengo la peor deficiencia de perrito en estos momentos :(

Dejé todo eso atrás porque sentí que en este nuevo grupo, una organización mexicana, encontraría más enfoque y significado en lo que hago por los animales. Hasta el momento me siento como cuando llegas a un círculo de gente conversando y por más intentos que haces de incluirte en la plática, no lo logras. Al menos en esos casos puedes dar pasitos torpes hacia atrás y retirarte patéticamente mientras dices que vas por un refresco, sin que nadie te escuche. Pero no siempre puedes huir porque una de esas personas es la que te va a dar un aventón a casa, entonces solo te quedas ahí, asintiendo como imbécil.

Eso hago. Asentir como imbécil. Pero no me cabe la menor duda: el futuro de los animales vale este y peores obstáculos. Afortunadamente los proyectos son más estimulantes y honestos, también prometedores: tienen un gran alcance. Ya quiero que pase este período de adaptación que me está resultando eterno. Ya quiero participar en la conversación. Por otro lado, siempre he pensado que para ayudar a los animales solo necesitas querer hacerlo. Si esto no funciona intentaré nuevos caminos. Tal vez sola, tal vez con alguien más. 

Encima me mudé en plena pandemia, ese es un tema que da mucha tela para cortar. Por la comida no sufro, de hecho, las opciones veganas en donde estoy son más abundantes que en el sur de la Ciudad de México. Hay recauderías y mercados sobre ruedas, tiendas que venden granos y chiles secos. No hay pretexto para seguir comiendo animales. Monterrey no está mal, tal vez algún día termine de integrarme y la gente dejará de insistir en que soy yo la del acento chistoso. 

¡Acento mis polainas chilangas!




Antes que nada, quiero invitarlos a que se bajen la app ABillionVeg.
Ayudan a muchos santuarios y lo único que tienes que hacer es subir fotos de productos
o alimentos veganos. 


Estos chilaquiles estaban buenísimos. Son de un local llamado
Chilaquiles Frida. No todo ahí es vegano, les advierto. 

Revolución Verde nunca me falla. Pura gordosidad vegana. 




Estas gorditas me hacen llorar de lo sabrosas que son. 


Los tamales masudos de CDMX necesitan lecciones de que menos a veces es más. 


La primera cajeta vegana que sí sabe a cajeta. Estos puestos se ponen en el Mercado del chorro  
todos los viernes. De nuevo, no todo lo que hay ahí es vegano, pero lo que sí es, tiene letreros.
¡Igual pregunten! 


Los helados de Monterrey siempre se superan. BonMot Icecream es el lugar y
y el producto que le quieres dar a los incrédulos amantes de la pus.











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