Monday, August 31, 2015

La violencia que vendrá y la nueva civilización


Toda verdad atraviesa tres fases. Primero, es ridiculizada. Segundo, es encarada violentamente. En la tercera, se le acepta por su obviedad.
-Arthur Shopenhauer

Hace algunos años me propuse alejarme de todo consumo que tuviera como origen la explotación animal o humana. No tardé mucho en darme cuenta que esto era imposible de llevar a la práctica total, puesto que es una actividad profundamente arraigada en nuestra civilización. Nos envuelve.

Nacimos en un mundo en el que otras personas, que llegaron antes que nosotros, ya han estipulado las reglas bajo las cuales hemos de vivir. Ya se marcó la separación entre los que tienen acceso al poder y aquellos que viven subordinados a estos. La vida ya está hecha, dicen, y no hay nada que podamos hacer para modificar su rumbo, porque solo somos uno (Tú. Yo. Ella. Él). Muchos unos, pero todos solos al fin.

He escuchado muchos argumentos a favor de la utilización de animales para el beneficio de nuestra especie. Debajo de todos los adornos humanistas y justificaciones de aquellos que defienden proporcionar dolor y muerte a seres que han dado pruebas de sensibilidad y conciencia, ya se dejan ver dos razones muy claras:

1. Podemos hacerlo.
2. Así son y han sido las cosas desde hace mucho tiempo. Esta razón incluye, necesariamente, la aceptación de la desventaja en la que también viven otros seres humanos.

Entonces, por un lado aceptan que el hombre pueda modificar el estado natural de las cosas en persecución de recursos que le ayuden a subsistir, y por el otro, desprecian cualquier conducta que altere la estructura social actual, bajo la condena que de hacer lo contrario, ocurriría un colapso total que dejaría a la humanidad a la deriva.

Así lo han dicho ambientalistas como Claudio Bertonati, investigadores viviseccionistas, como Dario Ringach, o filósofos, como Iñigo Ongay, quien en un debate contra su homólogo, Óscar Orta, negó la condición de los animales como personas simplemente porque no han tenido la habilidad para organizarse de manera política, como supuestamente sí han podido algunos humanos, y que ha repercutido en su consecuente dominación. También vaticinó gravísimas consecuencias políticas, económicas e industriales si toda la gente del mundo decidiera ser vegana. Y aunque la tarea de responder este argumento ya la cumplió debidamente Óscar Orta, me gustaría mencionar dos ejemplos históricos de ideologías de liberación u otorgación de derechos que enfrentaron posturas similares:

Abolición de la esclavitud:
El esclavismo fue una práctica habitual en nuestro continente desde la llegada de los colonizadores europeos. James Henry Hammond, senador esclavista norteamericano, habló en 1958 en un discurso al Senado sobre la "Teoría del fango" que declaraba que
En todos los sistemas sociales debe haber una clase que haga los deberes domésticos y las tareas duras de la vida. Eso es, una clase de bajo intelecto y poca habilidad. Sus requisitos son vigor, docilidad y fidelidad. Debe existir esta clase, o de otra manera, no habría esa otra clase que dirige el progreso, la civilización y el refinamiento. Constituye las fundaciones (el fango) de la sociedad y del gobierno político [...] Los usamos para nuestros propósitos y los llamamos esclavos. Los encontramos esclavos por el común "acuerdo de humanidad", el cual, según Cicerón 'lex naturae est', es la más grande prueba de lo que es la ley de la Naturaleza... [1]
Derecho de las mujeres al voto:
Este movimiento enfrentó muchos argumentos en contra, uno de ellos, por ejemplo, que las mujeres tenían un lugar en la naturaleza y la sociedad, no solo el de cuidar a los hijos, sino ser el objeto de protección del hombre, su razón para seguir sosteniendo a una nación. No podían por ello ser partícipes de la vida política. En 1912, Leopoldo Lugones escribió en su ensayo El problema feminista: 
Los éxitos de la civilización que los pueblos disfrutan en la prosperidad y en la paz de las ideas, coinciden a su vez con el estado exclusivamente doméstico de la mujer. La madre de familia, que no es tan sólo la productora de hijos, sino principalmente la formadora de hombres, resulta, en efecto, el elemento más importante de la sociedad y de la civilización. Más importante que el hombre, porque sin ella no hay hogar ni patria; tampoco existe para ella ni es posible que exista condición más alta sobre la tierra. De aquí que su permanencia en ella, caracteriza las civilizaciones felices: aquellas en que el miedo de la vida insegura no suprime el goce superior, la heroica plenitud de las posteridades numerosas. Así, cuando las civilizaciones son más robustas y más amables, cuando aseguran a todos con mayor eficacia el encanto y la utilidad de la vida, la mujer hállase reclusa en el gineceo griego, en la casa romana, en el castillo medioeval, en el inviolable domicilio hidalgo. [2]
La experiencia empírica y la historia misma han demostrado que estas ideas eran erróneas en sus juicios, y es imposible negar la similitud que tienen con los argumentos en contra de una consideración moral hacia los animales. La esclavitud terminó, y enfrentaron colapsos económicos quienes dependían de ella. Y luego se adaptaron. La civilización continuó. La mujer obtuvo el derecho a una vida laboral y a ser partícipe de la vida política en nuestra sociedad y no solo esta sigue en pie, mejoró la calidad de vida para ambos sexos notablemente. Y la humanidad sigue presente.

Ambos grupos eran considerados inferiores, cualidad que los hacía susceptibles y hasta merecedores de ser dominados. La liberación de uno u otro representaba amenazas a los intereses de minorías constantes que se han aferrado al poder porque así lo ha permitido el comportamiento humano a través del tiempo. Pero estos pequeños desafíos, que empezaron como simples ideas, terminaron en cambios de pensamiento de sociedades completas, y a su vez se reflejaron en su propia legislación. Es innegable que aún enfrentan muchos conflictos que deben resolverse y en los que debemos trabajar.

También es verdad que los dos movimientos padecieron en algún momento oposición agresiva, que atentaba con los intereses directos de las personas que militaban en ellos. Podría decir casi con certeza que va a llegar el momento en que la oposición al uso de animales enfrente consecuencias violentas notorias y masivas. Será también señal de que una la ideología imperante se siente amenazada, de que el veganismo ha ganado terreno. Vale la pena reflexionar sobre esos muy posibles sucesos.

Mientras tanto, el psicólogo Steven Pinker propone en su obra, The better angels of our nature (Los ángeles que llevamos dentro), que la trayectoria de la violencia humana presenta cambios: se ha reducido a través de la historia y comienzan a presentarse actitudes generales de rechazo hacia esta y a ser criticadas aquellas que la glorifican. Pinker admite que su idea puede ser enfrentada con escepticismo, pero la respalda con acontecimientos históricos y explica que no todos estos cambios pudieron deberse a "emprendedores morales y sus movimientos"[3], sino también a progresos de la ciencia y el conocimiento. Yo quiero creerle. Creo que muchos de nosotros, veganos y omnívoros.

Como individuos, por nuestra parte, podemos abstenernos de involucrarnos hasta donde sea posible, en la explotación de los animales. Son pequeños actos que podrían tener consecuencias grandes, sin importar qué grupos detenten el poder. A fin de cuentas, siempre serán muchos menos que el resto de nosotros. Imaginen el mundo que podrían regalarle a las siguientes generaciones de humanos y no humanos.

[1] "La teoría del fango" de John Henry Hammond, PBS
       http://www.pbs.org/wgbh/aia/part4/4h3439t.html
[2] Leopoldo Lugones (1912), El Problema Feminista, Marxists
https://www.marxists.org/espanol/tematica/mujer/autores/lugones/el_problema_feminista/index.htm
[3] Steven Pinker (2011), The better Angels of our Nature, Penguin Group

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