Sunday, August 3, 2014

El ladrón

Hoy acompañé a mi mamá a una carrera. Solo participó ella, yo le tomé fotos. Cuando regresé a casa, entré corriendo a mi habitación, agarré el primer libro que encontré y me fui directita al baño. Como dicen vulgarmente, ya la traía atrasada.

"¡AAAAAAAAHHHHHH SÍ! ¡Uuufff! No ma...".


No conozco a ningún soltero que viva solo y cierre la puerta del baño cuando entra. Y ahí, sentada en el retrete, alcancé a ver una caguama a medio tomar en medio de mi habitación. La botella me resultaba familiar, ya la había visto antes, dentro de mi refrigerador. Soy olvidadiza, pero la única razón para tener cerveza en casa es sobornar a mis amigos a cambio de su compañía, su sabor no es mi fuerte. Yo no la había dejado ahí.

Uno siempre pendejea a los protagonistas de series y películas cuando, en vez de salir de la casa e ir por ayuda competente, pretenden enfrentarse al invasor con un cuchillo o un bate de beisbol, pero ahí estaba yo, tijeras de costura en mano, asomándome en cada rincón donde un ser humano pudiera esconderse. Y lo encontré, seguía en mi recámara. Si no se hubiera tomado esa cerveza se habría esforzado mejor, todo él era completamente visible excepto por su cara que trataba de ocultar con mi ropa colgada. Era tan chusco que por un momento pensé aliviada "es mi hermano haciéndome una broma".

Al descubrir su rostro y constatar que era un completo extraño solo di un paso hacia atrás y levanté las tijeras. Guardé completo silencio. No dije nada, más por no saber qué decir que por miedo. El momento no me pareció adecuado para exigir explicaciones.

No sé si es verdad (ni estoy de humor para investigar en este momento) aquello de que en situaciones puramente instintivas los  seres humanos podemos leer las emociones de un adversario de manera automática, sin razonarlo; miedo, ira, determinación, duda... Yo creí ver un poco de pena en su semblante y posiblemente fue lo que me dio valor para colocarme frente a la puerta y confrontarlo.

- Eres de aquí ¿verdad? -le pregunté enojada y él asintió sin despegar la mirada del piso- ¿Te llevas algo?
-Nada
- ¿En serio?
-S-sí.
- ¿Por dónde entraste? -señaló la ventana de la sala. Siempre olvido cerrarla.
- ¿De verdad no te llevas nada?
- N-no.
-... Ah, bueno... Gracias- Y lo dejé salir.

¿Por qué rayos le di las gracias? ¿Por no romperme la cara cuando pudo haberlo hecho? ¿Será que hoy en día ya vemos con benevolencia al criminal que se conforma con despojarnos de nuestras pertenencias de manera civilizada y sin violencia? Cuando cerré la puerta comencé a revisar mis cosas. Mi computadora estaba toda desconectada, con cables enrollados, lista para transportarse. Husmeó todos mis cajones, incluido el de ropa interior y otras cosas sensibles. Se llevó una caja entera de preservativos, aunque dejó uno abierto sobre mi cama. Sin usarse.

Se me encogió el corazón y el temor que no sentí antes vino de golpe y con creces. Decidí salir para avisarle a algún vecino y posteriormente a la policía. Apenas eché el cerrojo y me di la vuelta cuando me lo topé en las escaleras.

-Este... oye... sí me llevé algo más- y sacó de su bolsa un enjambre de cables, una cámara fotográfica y una llave para tuercas.

A partir de aquí las cosas se pusieron rarísimas. De repente, Otokani (así dijo llamarse) me estaba platicando de su vida de fiesta y desmadre, de cómo había dejado la escuela, de lo enojado que estaba porque en una borrachera de madrugada le robaron el celular que acababa de comprar. Trató de vengarse de los rateros acudiendo a los rateros locales #razonamientofail. Estos le dijeron que sí lo ayudaban, pero luego de rellenarse el bulbo raquídeo con tíner lo desconocieron y lo mandaron al diablo. La furia, frustración un chingo de alcohol e impotencia por haber sufrido un atraco lo orillaron a hurtar mi casa. No me pidan interpretar esa lógica.

Dijo estar avergonzado de lo que había hecho y que "mi gato estaba muy enojado". Le pregunté si había lastimado a Albóndiga y me dijo que no, que él amaba a los animales, que antes de abandonar la carrera de veterinaria aprendió en su materia de etología que eran prácticamente personas peludas. "¡Me cae que hay seres humanos viviendo dentro de los animales!". Contó cuánto lo cautivaban los gorilas. Habiendo tratado de darle el cortón unas cinco veces y preguntándome qué mierda hacía hablando con el tipo que perpetró mi hogar e intimidad, inferí que hablándole de veganismo se iría por fin a su casa. Se portó más o menos receptivo, pero dice que le gustan mucho "las porquerías". Me pidió más tiempo para platicar en otra ocasión. Resulta que vive dos pisos abajo.

No sé qué concluir de todo esto.  Me siento más vulnerable, eso sí.

¿Hasta qué punto coincide nuestra conducta con nuestros juicios morales? ¿De verdad nos comportamos de acuerdo a lo que decimos que pensamos?

No me regresó los condones, pero al menos yo le di la mano sin habérmela lavado después de ir al baño.

Ya en serio, necesito mudarme.


Albóndiga sigue catatónica.



3 comments:

  1. Qué horror.

    [Soy una fan silenciosa] Pero quería dejarte un abrazo, para lo que sirva

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    Replies
    1. Gracias, Anita. Ya me estoy comiendo un bolillo pa'l susto.

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En Mexican Vegan nadie es dueño de la verdad absoluta. Si te gustó lo que leíste, investiga al respecto, si no te gustó, investígalo de todas maneras. No somos los únicos veganos en el mundo por lo que no debes juzgarlos a todos por las cosas que decimos o pensamos en este blog. Gracias y... Go Vegan!
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